Soy Tali, madre de Agam

Hasta hace unos años, mi vida era tranquila y apacible. Trabajaba como química y farmacéutica, y la palabra «autismo» apenas figuraba en mi vocabulario… pero entonces todo cambió. Con sólo 19 meses, mi hija pequeña se deslizó hacia el abismo del trastorno del espectro autista.

Dejó de comunicarse con nosotros y ya no quería jugar con su hermana mayor. Agam se volvió distante de una forma que no había visto antes. Estaba desconectada y su alimentación cambió: se volvió súper selectiva y sólo tomaba carbohidratos simples.

Cuando me dieron el diagnóstico oficial, mis sueños se hicieron añicos. Sin embargo, decidí pasar a la acción, recopilar datos y elaborar un protocolo de tratamiento personalizado… y para Agam, mi planteamiento dio unos resultados positivos abrumadores. En pocos meses, volvió a sonreír y a entender las situaciones sociales. Entonces, recibí la mejor noticia de mi vida: Agam ya no es autista.

A partir de ahí, asumí un riesgo personal. Renuncié a mi trabajo como farmacéutica, alquilé unas oficinas y monté mi empresa vital, el Centro C.A.T., donde ayudo a los padres y a sus hijos a aplicar prácticas de base biológica para gestionar su trastorno del espectro autista.